A VIDA É ARTE DO ENCONTRO, EMBORA HAJA TANTO DESENCONTRO PELA VIDA*

Un recuerdo muchas veces es un piedrazo que rompe el cristal en medio de la madrugada. Llega de forma inesperada y, en caso que inoportunamente ocurra en algún momento de la noche, hay absoluta certeza que el reparador descanso ya no va a volver a visitarte. Miro el reloj y las agujas marcan las 4:50. Llevo casi una hora despierto y ya no tiene sentido seguir intentando. Bajo las escaleras, me preparo un café y abro la computadora. Cada tecla es una herramienta que transforma el recuerdo en palabras.

Llevábamos pocas semanas frecuentándonos y con un tono misterioso simplemente le pedí que me regale un fin de semana, sin brindar mayores detalles al respecto. Ella aceptó divertida y la invité al pueblo que me venía seduciendo desde hacía años en cada visita. En mi mente tenía planeado todo el recorrido y nada falló. Durante el día caminamos con nuestras manos entrelazadas por las amplias calles, visitamos el museo de Mujica Lainez, en la casa de antigüedades nos enamoramos de un juego de living digno de Mad Men, al atardecer nos abrazamos frente a un horizonte que se teñía de un intenso color naranja y junto con las primeras sombras de la noche nos preparamos para uno de los puntos altos de mi plan inicial: la cena. Al terminar de alistarnos unas densas nubes nos obligaron a apurar la salida ante la inminente llegada de las primera pesadas gotas que se estrellaron contra las baldosas.
Un diminuto restaurante con la carta escrita en tiza sobre la pared se había convertido en uno de mis lugares preferidos. La fama ya precedía a aquel espacio gastronómico y por lo general solía tener abarrotado su acotado salón. Cuando ingresamos fuimos los primeros comensales y, afortunadamente para nosotros, seríamos los únicos durante toda la velada. El lugar tenía una mesa en particular que era la más solicitada, estaba ubicada junto al único gran ventanal y por lo general era la primera en ocuparse. Personalmente nunca había tenido el privilegio de sentarme en ella. Aquella noche la mesa estaba predestinada a nosotros. En cuanto nos acomodamos frente a la ventana se desató una fuerte tormenta que duraría prácticamente toda la cena. Dentro del local se respiraba una calidez silenciosa propiciada por la ausencia de otros clientes y el excelente criterio del personal de servicio. El lugar estaba iluminado por velas y durante el siguiente par de horas sonó una exquisita selección de bossa nova. Descorchamos un deliciosos vino y saboreamos cada plato de forma compartida mientras la lluvia purificaba a la Avenida Caraffa. Hablamos mucho y también nos convidamos el silencio. Cuando vacié los últimos sorbos de vino en nuestras respectivas copas ella me obsequió aquella hermosa sonrisa, tan suya que aún me estremece en algunas noches.
Parece que hubieras planeado absolutamente todo, también la lluvia, la música y estos perfectos silencios – dijo.
Me estoy cobrando algunos favores que me debe el dios de turno – respondí.
Ella se inclinó hacia adelante y apoyó sus labios en los míos, en esa mágica amalgama de cóncavo y convexo tan difícil de lograr. Salimos abrazados y esquivando los charcos generados por la tormenta que ya había cesado, nos dirigimos hacia nuestro alojamiento y bajo las sábanas por primera vez cogimos sin dejar de mirarnos a los ojos.
Si la vida fuera una película es aquí donde llegan los títulos finales. Pero nunca lo es. Nuestro romance duró solo unos meses más y nos separamos con una extraña mezcla de amor y dolor. Gracias a esa experiencia entiendo que eso que llaman timing, aplicado a una relación, es fundamental en cualquier vínculo. Además de la dificultad de encontrar la atracción mutua tiene que ocurrir en el momento apropiado. No es de extrañar que la fórmula sea tan difícil de conseguir.

El restaurante ya no existe, en su lugar hoy se encuentra una heladería. Me mudé hace unos años al pueblo en cuestión y cuando transito esas baldosas puedo sentir las esquirlas de este recuerdo. Algunas veces en La Taberna enciendo velas, pongo discos de bossa nova y me sirvo una solitaria copa de vino a la salud de aquella noche que permanecerá eterna.

* “Samba Da Bencao” – Vinicius de Moraes

1 thought on “A VIDA É ARTE DO ENCONTRO, EMBORA HAJA TANTO DESENCONTRO PELA VIDA*”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Relatos relacionados