CUANDO TODO ERA NADA, ERA NADA EL PRINCIPIO*

Aquella mañana de diciembre desperté abrazado por las preocupaciones que me acorralaban en esos meses. Había plasmado algunas decisiones respecto a mi futura vida pero quedaban otras por tomar y los caminos se bifurcaban en múltiples direcciones. La incertidumbre era constante y dificultaba la concentración hasta para afrontar las actividades más triviales. Preparé el desayuno, me senté frente al televisor y, cuando estaba a punto de iniciar la reproducción de una serie, me asaltó una pregunta: “¿Y si me voy a pasar el día en la Cumbre?”. El Kindle recién adquirido me permitió descargar un libro rápidamente y en cuestión de minutos ya estaba sobre el auto encarando hacia la autopista Córdoba – Carlos Paz.

Llegué a La Cumbre pasado el mediodía y como no quería almorzar empecé a buscar un lugar que ofreciera la ansiada infusión. Todo estaba cerrado así que decidí caminar un poco y hacer tiempo. Encaré por la calle Tassano y al fondo de una galería observé un rústico cartel con la leyenda “Café – Bar”. Ingresé para saber si era el lugar en el cual podría obtener una taza de la preciada bebida y lograr unos minutos de lectura. La puerta estaba cerrada y al apoyar la cabeza contra el vidrio de la entrada principal pude apreciar que el lugar llevaba inactivo varios meses. Solo se veía desorden, mesas amontonadas y una carencia de afecto que estrujaba el corazón. En mi salida hacia la calle divisé una hoja A4 garabateada con birome y pegada en un vidrio: “Vendo fondo de comercio” y un número de teléfono. Al llegar a la vereda volví sobre mis pasos y le saqué una foto al cartel. Continué mi caminata, encontré un bar abierto y, mientras ordenaba mi café, no podía dejar de pensar en ese espacio desangelado y con las dimensiones exactas para aplicar una arriesgada idea que tenía dando vueltas desde tiempo atrás. Pasaron los minutos y el sueño canalla que había arrancado diminuto, como un conejito recién vomitado de aquel cuento de Cortázar, empezaba a crecer rápidamente entre mis manos.
Escribí un mensaje al teléfono anotado y rápidamente estábamos hablando de cifras y opciones. Regresé a Córdoba con la cabeza alborotada como un panal de abejas que acababa de ser golpeado por un palo. “¿Será posible?” fue la pregunta omnipresente en aquellos posteriores días de verano. Hubo varios viajes más hacia el Valle de Punilla, múltiples negociaciones y una alternativa concreta de futuro que iba tomando forma. Treinta días más tarde de aquella epifanía me encontraba instalado en La Cumbre y empezaba a darle forma a un bar con capacidad para diez personas, musicalizado con mi colección personal de discos de vinilo y conteniendo una librería orientada casi en su totalidad a temáticas vinculadas a la música.

«Un azaroso episodio Austeriano» es mi respuesta cuando me preguntan cómo llegué a este lugar. Hoy aquel rústico cartel sigue en el mismo sitio e indica la estoica resistencia de un bar nacido en medio de una pandemia mundial y que transita sus días cobijado por lomos de libros y discos de vinilo. Algunos parroquianos lo han tomado como una trinchera propia y otros curiosos suelen acercarse a ver de qué se trata este sueño improbable que late en el corazón de un pueblo de montaña.

* «Génesis» – Vox Dei

 

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