EL BAR ES UNO DE LOS ÚLTIMOS LUGARES DONDE EXISTE EL RIESGO*

Desde temprano aquella se perfilaba como una de las tantas noches solitarias del tabernero. La neblina había sido intensa durante toda la jornada y esa atmósfera no suele invitar a abandonar la calidez del hogar.
Promediando la velada ingresó el único parroquiano, una de esas caras espectrales que se acercan por única vez al bar y uno no vuelve a saber de ellas. Saludó, pidió un whisky y se puso a observar con detenimiento el lomo de los libros. No era muy conversador y yo me encontraba enfrascado en una apasionante lectura por lo cual el intercambio de palabras fue muy limitado a lo largo de los dos escoceses que siguieron al primero.
¿Dónde está el baño? – preguntó cuando quedaba un último trago en el vaso.
Está afuera – respondí, como siempre acompañando con una indicación de la mano izquierda.
Encaró siguiendo las instrucciones
Es una suerte tener los baños afuera – dijo cuando regresó unos minutos más tarde.
Lo miré en silencio, invitándolo a proseguir con su reflexión.
Una vez me quedé dormido en el baño de un bar, me desperté unos minutos más tarde pero siempre me pregunté qué hubiera pasado si me hubieran dejado encerrado– acompañó con una sonrisa el final de la frase, apuró el resto de whisky que quedaba, pidió la cuenta y se retiró saludando cordialmente en el preciso instante en que el disco dejaba de sonar y crepitaba la estática del surco final. Segundos más tarde el local estaba en silencio y el botón del recuerdo había activado dos casilleros.

Una noche, en mi otra vida, estaba llegando a mi casa pasadas las cinco de la madrugada, luego de otra intensa jornada laboral, cuando suena el teléfono. Era el servicio de seguridad avisándome que se había activado la alarma de una de mis salas de conciertos. Era algo que ocurría habitualmente porque los sensores ubicados en las puertas se activaban con un viento fuerte, pero esta vez la voz del servicio me decía que el sensor que había detectado movimiento era el que estaba ubicado en la barra. Salí apresuradamente y al llegar al local busqué un personal policial que me acompañe. La puerta tenía 3 candados y al extraer el segundo siento que empujan la puerta desde dentro. El policía se identificó y le gritó a quien estaba del otro lado que se quedara quieto. Destrabé la tercer cerradura y al abrir la puerta me encontré con la versión humana de Jimbo, el personaje de Los Simpsons, con gorro frigio incluido. El sujeto era delgado, alto y apenas lograba mantener la verticalidad. El policía lo puso contra la pared y le preguntó qué hacía adentro. “Me quedé dormido en el baño y cuando me desperté estaba todo oscuro” alcanzó a mascullar entre vahos etílicos. Yo no pude contener la risa y me dirigí al sector de heladeras. Una cerveza recién servida descansaba sobre la barra. Volví a salir y le pregunté si había sido él. Asintió con la cabeza y me dijo “tenía que hacer tiempo hasta que volvieran a abrir”, lo que en una situación normal hubiera ocurrido unas 15 horas más tarde. El incidente no pasó a mayores y solo valió la eterna burla hacia el encargado del lugar que cerró la sala abandonando a su suerte a un espectador ebrio dormido en el baño.
La segunda situación fue un tanto más misteriosa y ocurrió antes de la instalación de la alarma, posiblemente fue la que originó la contratación del servicio. Se trató de una fiesta privada en la cual no se permitió el ingreso de público en general. Todos los allí presentes nos conocíamos y aunque los asistentes no superábamos la veintena el consumo de bebidas se había disparado por las nubes. Luego de algunas horas de copiosa ingesta los comensales se fueron retirando en diferentes tandas y esta vez era yo el responsable de cerrar ya que no se trataba de un evento público. Cuando todos se fueron recorrí el lugar acomodando un poco y puse los candados. Al día siguiente fui el primero en llegar, justamente con la intención de terminar de ordenar, y al descender a camarines me encontré con una fila de 5 o 6 botellas de variados contenidos que no había visto al retirarme la noche anterior. Era evidente que alguien había quedado en el lugar y decidió continuar la fiesta en soledad. Empecé a buscar por todos los rincones y al subir por la escalera que llevaba a la terraza observé que esa puerta estaba abierta. Ese ingreso tenía un precario pasador medieval que solo podía abrirse desde adentro y la puerta no presentaba signos de haber sido forzada. El peritaje propio me llevó a la siguiente conclusión: quien había quedado encerrado optó por entregarse a la bebida en primera instancia y, una vez satisfecha su -casi inagotable- sed, empezó a buscar alguna escapatoria. La encontró en esa puerta que lo llevaba a la terraza, de ahí tenía que saltar un par de techos, descolgarse por un árbol de la vereda y de esa manera obtener la ansiada libertad. Pensé que con el correr de las horas el responsable iba a confesar su protagonismo en el incidente. Pasaron los días, las semanas, los meses… los años. Aunque lo he comentado con todos los participantes de aquél ágape ninguno ha confesado la autoría aún y todos dieron creíbles muestras de asombro al comentarle el incidente. Cada tanto en alguna reunión vuelvo a sacar el tema a ver si finalmente consigo la confesión anhelada pero los resultados han sido nulos hasta el momento, con el paso del tiempo y la pérdida de contacto asiduo empiezo a creer que el misterio quedará sin resolverse.

Después de semejantes recuerdos y sin haber recibido nuevos parroquianos me dispuse a cerrar la Taberna. Apagué las luces, puse la llave, cerré el candado y ya caminando por la Tassano me asaltaron las dudas respecto a si no debería volver a revisar todos los rincones del bar. Quienes conocen las dimensiones de Mescaleros me acusarán de exagerado, pero mi vida ha sido una concatenación de eventos absurdos y francamente no me extrañaría regresar a la Taberna y encontrar un aquelarre de elefantes rosas descorchando un Cabernet Franc.

* Extracto de Enrique Symns incluido en la intro de «Mosca de Bar» de 2 Minutos.

 

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