LOS PLACERES SENCILLOS SON EL ÚLTIMO REFUGIO DE LOS HOMBRES COMPLICADOS*

Por definición se entiende el término refugio como lugar que brinda amparo, resguardo y protección. Por ello cuando me refiero al espacio que decido habitar lo identifico de esa manera. Como en tantas otras ocasiones, llegué a esta cabaña por obra del azar austeriano. En aquel momento estaba en proceso de definición respecto a un ineludible cambio de vida. En una de aquellas solitarias caminatas fui bordeando una vertiente y la vi con los mismos ojos que hoy la miran los transeúntes: una mezcla de curiosidad y anhelo. La diferencia es que cuando yo la encontré tenía garabateado un cartel que rezaba “se alquila”.

Cuando observé su interior la sensación inmediata fue desamor. Los lugares cobijan sentimientos y es fácil darse cuenta cuándo un espacio fue usufructuado como objeto y cuándo entre sus paredes se tejieron historias relevantes. Confieso que mi primer pensamiento fue también desde el estricto usufructo funcional. “Me quedo un par de meses hasta que encuentre algo mejor y después me mudo” fue la afirmación inicial. A poco más de un mes de habitarla una pandemia mundial encerró al mundo en sus respectivos nichos. Simultáneamente mi relación de pareja, que venía dando tumbos desde meses antes, llegó a su final. A menos de 90 días de ingresar a esta rústica edificación me quedaba absolutamente solo siendo un extraño en tierra extraña. Para mi propia sorpresa la vida que empecé a desarrollar no me disgustaba en absoluto. Atravesando la tormenta de mis errores pasados, sumido en el silencio y la soledad, fui sanando. Empecé a elegir cómo quería vivir en esta nueva etapa: lejos del ojo crítico y las expectativas ajenas. Los profundos silencios de la noche pandémica, los amaneceres con cantos de pájaros (inexistentes en mi vida un semestre atrás), el calor de una vieja salamandra de hierro fundido y las sopas de ese invierno solitario serán para siempre recuerdos imborrables. Cobijado por mis libros y discos de vinilo empecé a fortalecer el estado anímico y la bilis que me venía consumiendo desde años atrás empezó a ser expulsada. El mundo exterior se derrumbaba y en ese contexto asistía a una nueva reencarnación personal. Por aquellos días el tiempo transcurría de forma diferente y en la austeridad de mi refugio encontré una forma de vida que me llenaba. Los días eran deliciosamente simples, desayunos sin presiones horarias, mañanas de lectura, el principio de una escritura propia que por primera vez no me avergonzaba, el silencio y la anhelada paz. Sentado junto al agua que corría a caudales entre las piedras podía sentir que la tristeza empezaba a alejarse.
Estaba inventando mi propio mundo y en la mala costumbre autodestructiva de sabotear mis mejores momentos, ese universo no prosperó. Más rápidamente de lo oportuno generé un nuevo vínculo que cuestionaba mi forma de vida, mi soledad, mi deseo de paz, mi “egoista” tranquilidad. Perdí el rumbo involucrado en una relación asfixiante y abandoné mi refugio. Cada vez pasaba menos tiempo dentro de su vientre pero aun lo disfrutaba (y era cuestionado por este privilegio solitario). Transcurrió el tiempo y en una seguidilla de malas decisiones de mi parte me ubiqué en una posición de vulnerabilidad donde ya no tenía hogar propio, ni refugio, ni nada que se le parezca. La relación finalizó y quien ahora se transformaba en contrincante no tuvo pruritos en exprimir su única ventaja territorial. De un día para el otro me encontré en la calle. Luego del revolcón me puse de pie, sacudí el polvo y recuperé mi refugio inicial. Casualmente justo con dos años de diferencia el proceso de curación se repitió. Este lugar nuevamente cumplió la tarea de contenerme y rápidamente recuperé la felicidad perdida. En un par de semanas este asilo volvió a sanarme por completo y me recordó que aquello que me convierte en dichoso está anclado en lo más simple de las cosas.

El autoconocimiento es uno de los deportes de riesgo más extremos. Hay que mirarse al espejo y escupirse sin titubeos los errores, reconocer los defectos propios y flagelarse lo suficiente para no repetir las esquinas que se doblaron por equivocación. Mi refugio tiene pocos metros cuadrados atiborrados de libros y discos. Hay música y hay silencio. Hay una hermosa soledad que me resisto a compartir. Hay bellas charlas con aquellos a quienes decido dejar entrar. Hay aire, luz, tiempo y espacio. Hay una forma de vida elegida desde lo personal. Hay libertad y paz. Y finalmente hay una comprensión cabal que todos estos logros deben ser defendidos con ferocidad hasta el último round.

*Oscar Wilde

1 thought on “LOS PLACERES SENCILLOS SON EL ÚLTIMO REFUGIO DE LOS HOMBRES COMPLICADOS*”

  1. Escribir nunca fue mi fuerte, aunque llevo escribiendo desde adolescente. Este relato describe profundamente mi sentir. Gracias por compartir!

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