NO TE OLVIDES QUE LO MAS HERMOSO, ESTA EN LO SIMPLE DE LAS COSAS*

Mi hogar se encuentra en el espacio que elijo habitar junto a mis colecciones de música y literatura. Una sentencia que lejos de perder vigencia gana peso con el correr de los años. Esta afirmación tiene su engorroso correlato en cada una de las mudanzas que me ha tocado protagonizar. La preocupación principal siempre es saber dónde irán ubicadas mis preciadas joyas y cómo voy a trasladarlas. A través de estos bellos objetos se puede trazar una línea de mi vida. No me tiembla el pulso al afirmar que recuerdo cómo llegó a mis manos cada disco o libro con los cuales convivo. Por un lado mi caprichosa memoria tiene una llamativa facilidad para retener esos datos, y por otro, parafraseando a José Larralde: “Son perfumes muy altos porque son sacrificios”. No todos los objetos tienen una historia, pero muchos de ellos sí. A veces solo hace falta una momentánea mirada a la biblioteca o discoteca para que alguno de ellos me recuerde, entre susurros, su propia historia.

Durante mis años porteños tenía la costumbre deliciosamente rutinaria de pisar todos los sábados por la tarde/noche las baldosas de la calle Corrientes, desde Callao hasta 9 de Julio, ingresando en cada una de sus librerías. Mis bolsillos flacos de estudiante sólo me permitían algún esporádico gusto y cada compra literaria era una decisión masticada durante semanas.
En 1996 se editó una recopilación de cuentos de H. P. Lovecraft que venía en dos sencillos y austeros tomos. Mi anémico capital sólo me permitía adquirir uno de los ejemplares en aquel momento y así lo hice, con la firme convicción de conseguir el segundo en un futuro cercano. Eran años de cálculos quirúrgicos en gastos y cada libro adquirido implicaba un recorte presupuestario en otro aspecto de la vida cotidiana, por lo general se traducía en duplicar las raciones de arroz, fideo y polenta semanales. El tiempo pasó, y el segundo tomo nunca llegó. En cada una de mis varias mudanzas el diminuto “Obras Completas 1”, con tu tapa en rústica, aparecía entre mis manos y me recordaba la deuda pendiente.
Dos décadas más tarde, mientras recorría los colosales pasillos de la Feria del Libro en La Rural, me acerqué al más modesto de los puestos y de manera súbita mi pulso se aceleró. En un olvidado canasto que ostentaba un cartel garabateado con la leyenda “Ofertas” asomaba el añorado “Obras Completas 2”. Me lancé sobre el libro, sin siquiera mirar el precio me dirigí a la caja y el vendedor me solicitó la irrisoria suma de $50.
Terminé aquella cacería y regresé a Córdoba con mi tesoro bajo el brazo. Cuando emparejé ambos ejemplares en la biblioteca di un paso hacia atrás, los observé en perspectiva y me percaté que cada libro representaba momentos muy distintos de mi vida. El tomo 1 eran los años de juventud de un lector famélico sin capital para saciar su apetito literario; el tomo 2 me encontraba convertido en un adulto con la capacidad económica para adquirir cuantiosos libros pero sin tiempo para leerlos.

En la simpleza de estos dos pequeños objetos se concentran elecciones de vida. Con el paso de los años el factor tiempo cada vez tiene mayor peso propio. En un país donde las coyunturas económicas obligan a sacrificar el doble para ganar la mitad la victoria está en no abandonar la lucha por obtener esos minutos de gloria personal plasmados en el disfrute de un buen libro o un excelente disco. Mis espacios se agrandan o se hacen más austeros, pero estas “Obras Completas 1 y 2” de H. P. Lovecraft me van a seguir acompañando donde vaya recordándome que la lucha cotidiana es sostener el equilibrio imprescindible entre ser un feliz lector o un mero acumulador de libros.

* «Lo Más Simple de Las Cosas» – Hereford

 

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